Mundo al revés lo que callan los hombres

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Mundo al revés ¿te lo imaginas así? sería fatal o que opinas tu.

El deseo de muchas mujeres es tomar las riendas de la vida de un hombre, pues al menos eso dicen muchas desear, sin embargo si tu como hombres te imaginas en una situación que es muy común que las mujeres tengan como experiencia cada día.

Estos médicos.

Un hombre se encuentra con un amigo por la calle y le dice:

– Manolo ¿qué te pasa que estás pálido?

– Nada Pepe, que vengo de visitar al doctor y me ha dicho que deje de beber, fumar y hacer el amor.

– Y ¿Qué piensas hacer Manolo?

– Pues qué quieres que haga Pepe, cambiar de doctor.

Sin tocar los huevos.

Se encuentran en la calle dos ultra amigos y uno le pregunta al otro:

– Porque caminas con las piernas abiertas Camilo?

– Porque tengo el colesterol alto.

– Y eso ¿Qué tiene que ver con tu manera de caminar?

– Es que el doctor me dijo muy claro: Los huevos ni pienses en tocarlos.

La adivina

En una feria, un hombre se topa con la tienda de campaña de una adivina. Pensando en pasar un buen rato, entra en ella y se sienta.
—Puedo ver que es padre de dos —dice la vidente, mirando su bola de cristal.
—¡Ajá! Eso es lo que usted cree
—dice el hombre con desdén—. Soy padre de tres.
—¡Ajá! —dice la adivina—. Eso es lo que usted cree.

Cuentos para adultos.

El papá tortuga le está contando a su hijo varios cuentos antes de dormir. Uno de ellos empieza: “Érase una vez un conejito blanco…”.
—Ay, papá —interrumpe la tortuga—, ésas son cosas de niños. Cuéntame algo de ciencia ficción.
—Está bien. Érase una vez un conejito en el espacio exterior…
El hijo lo para en seco.
—¡Quiero un cuento de adultos!
—De acuerdo, pero prométeme que no se lo dirás a tu mamá.
—Te lo juro.
—Érase una vez un conejito completamente desnudo.

Consiguiendo feligreses.

Un sacerdote, un ministro y un rabino quieren saber quién de ellos es mejor en su trabajo. Se internan en el bosque, encuentran un oso e intentan convertirlo. Más tarde se reúnen los tres.
—Cuando encontré al oso —dice el sacerdote— le leí el catecismo y lo rocié con agua bendita. La próxima semana hará su Primera Comunión.
—Yo encontré a un oso —cuenta el ministro—, y le prediqué la palabra de Dios. El oso quedó tan sorprendido que me dejó bautizarlo.
Ambos voltean a ver al rabino, quien yace en una camilla rodante, con todo el cuerpo enyesado.
—Pensándolo bien —exclama el religioso—, quizá no debí haber comenzado con la circuncisión.

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